Soy mujer, morena y de clase social media-baja; nací con tres problemas

Fotografía tomada en una estación del metro de Viena, Austria.

Dice la filósofa Spivak que “si usted nace pobre, negra y mujer está metida en el problema en tres formas”. De esa manera, Spivak, sin conocerme y estando al otro lado del mundo, definió las dificultades a las que me enfrentaré, parece ser, a lo largo de mi vida.

Si bien, mi color de piel no es tan oscuro para ser considerada negra y mi situación económica suele definirse en México como un “nunca te ha faltado nada”, mis años viviendo en la Sultana del Norte me enseñaron que mi clase social no es la adecuada para entrar a ciertos lugares sin que las miradas se centren en ti, o para que estas mismas no te persigan hasta que sales del establecimiento. De igual manera, diversos actos clasistas también me confirmaron que mi color de piel no es común ni bien recibido en locaciones como Centrito Valle, Valle Oriente o, ahora, la Carretera Nacional.

No obstante, aún después de haber vivido por siete años en este tipo de situaciones, puedo decir que conocí el racismo cuando crucé el Atlántico, allá donde las latinas morenas y negras llamamos la atención por ser exóticas.

El primer acto de este tipo al que me enfrenté estuvo acompañado de la hipersexualición que vivimos las latinas en este continente. Fueron comentarios aparentemente inocentes como “cuando te pierdas pide ayuda, no es que no se te note que no eres de aquí” o “aquí nos gustan mucho las mexicanas” los que me dieron la bienvenida.

En aquel entonces consideré estas anotaciones extrañas, pero inofensivas, pues hasta ese momento yo creía que el racismo sólo se veía como esa gente de EE. UU. que se niega a compartir el espacio con personas de color.

Además, cuando una se enfrenta a estas situaciones difícilmente se da cuenta de que está viviendo racismo. No es sino hasta que te encuentras a solas y en silencio que vuelven a tu mente la sucesión de los hechos casi como en resumen y caes en cuenta de lo vivido. De los pequeños actos que pretenden minimizarte, de las palabras que salen de la nada para formar parte del gran corpus de microrracismos.

Este tipo de situaciones después se volvieron más frecuentes: en la calle con las miradas, en el supermercado con algunos comentarios, en las discotecas al negarme la entrada, y con los chicos que pretendían coquetear conmigo haciendo comentarios como “eres muy guapa para ser mexicana”.

Con el tiempo conocí a una amiga (ahora muy querida amiga). Morena también y de cabello rizado. Juntas resaltábamos entre la multitud que en su mayoría era de piel blanca y cabello rubio o castaño claro.

Y fue con el tiempo también que aprendimos a reírnos de esas miradas juzgonas y racistas; de aquellas personas que mostraban desagrado al vernos.

España, Reino Unido, Bélgica, Francia. Todos los países con sus miradas, todos los lugares con sus juicios. En mi intento por normalizar estos hechos les platiqué a algunas amigas y conocidas mexicanas sobre ello agregando un “¿a ti también te ha pasado?” que para mi sorpresa se respondía con negativas. ¿La diferencia entre nosotras? El color de la piel.

El resto de mis días por allá reí mucho sobre la situación al lado de Y. Al final de cuentas fuimos dos chicas morenas y de clase social media-baja que aprendieron a burlarse de sus problemas. Problemas que Spivak no nos dio, sino que nombró. Problemas que ella, yo y muchas mujeres más pasamos y, parece ser, pasaremos a lo largo de nuestras vidas.


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