I

No recuerdo muy bien cuántos meses nos costó sentarnos a escribir este texto, ¿habrán sido cuatro, cinco o seis meses? Tal vez fue mucho más de un año. La verdad, la idea rondó por nuestra cabeza durante mucho tiempo, aunque no siempre lo hizo de la misma manera.

¿Por dónde empiezo? ¿Hacia dónde voy? ¿Para quién va esto? Las primeras dos preguntas son las más difíciles de responder, y la última… la última de se responde sola: este texto, estas líneas no van a nadie y a la vez van hacia todos. Pero tal vez lo importante no sea eso, sino de quién salen (de mí) y por qué (una necesidad que se ha ido acumulando a lo largo de los años).

II

Evelyn Alemán (ahora conocida como Catalina Alemán), cuatro años de edad, tres hermanas y un pequeño pueblo. El primer libro que tuvo en sus manos (o al menos así lo recuerda) fue uno de ilustraciones que deja todo a la imaginación del lector, La brujita atarantada dicen se llamaba. Y una vez que lo tomó, no hubo vuelta a atrás. Los años posteriores en su vida fueron entre páginas, libros, novelas y Best Sellers; tal vez algún clásico, pero nada de poemarios (no sabía leer poesía, le tenía miedo a leer poesía). Libros malos, libros buenos, libros que le daban sueño y después… nada, ya no había nada.

Un par (más de un par) de “deja ese libro y ponte a hacer algo”, “leer es una distracción”, “deja de leer y mejor socializa” se travesaron por su camino. Fueron (y no) un bloqueo, un impedimento.

Carrera en Letras y nada de lectura, “si no lees, no puedes escribir”; pero y si no puedo leer, ¿entonces qué?

III

Producción, producir, productividad, producto… todas ellas palabras miembros de una misma familia léxica; vocablos que todos conocemos, vocablos con los que Evelyn se casó. Todo lo que tenemos que hacer debe ser para producir, si no producimos no servimos, pero no todo lo que producimos sirve, no todo tiene valor… ¿Entonces qué?

IV

Licenciada en Letras Hispánicas que se considera mala lectora, mala escritora y mala letrada por no leer; pero no lee no porque no quiere, sino porque no puede. ¿Cómo no puede leer? Se preguntarán ustedes. Y es que cada que comienza un libro, cada que encuentra un espacio en su día (su aparentemente ajetreado día) y se sienta para comenzar, el mismo pensamiento llega a ella: la lista de pendientes.

“Aún no terminas…” y se comienzan a enumerar todos aquellos trabajos interminables, aquellos trabajos infinitos que no le dan satisfacción, que no son de ella, pero que le ayudan a seguir… económicamente, claro, porque en esta sociedad duramente se vive de arte, difícilmente se vive de las letras.

“Deja de leer y comienza a producir” y así, entre listas interminables y pendientes infinitos se le van las letras, se le van los libros y se le van las ganas.

V

Evelyn, Catalina, ambas la misma, pero a la vez distintas. Ambas yo. Ya no recordamos desde hace cuánto queríamos escribir esto. Pero sabemos, conocemos muy bien que fue desde hace ya bastante tiempo y que sin embargo no lo hacíamos porque siempre había algo más que hacer, algo más que producir.

VI

Termina la pausa después de ese “nada”. Evelyn dejó de leer mucho tiempo; y Catalina se tardó 6 años en retomarlo.


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