Correspondencias a S.Y.
II
México, 28 de octubre
S.,
¿Tienes un sitio predeterminado para volver? Yo sé que jamás te has mudado, aunque me comentaste en varias ocasiones lo mucho que te gustaría vivir en… Barcelona, ¿cierto? Sumergirte en la ciudad, pero siempre tener un cachito de mar al cual escapar un viernes por la tarde cuando la rutina ya ha cerrado sus puertas. Bueno, y si no se tratara de escapar sino de volver, ¿sabes a dónde hacerlo? He leído algo de teoría narrativa y sociológica al respecto y la única conclusión a la que llego es a aquella que te compartí en mi carta anterior: hay quien se va esperando volver, pero, aunque lo haga no lo hace porque el del regreso jamás es el mismo que el que se fue. Y con ello sigue la incógnita, ¿hay tal sitio predeterminado al cual podemos volver? Y con ese “podemos” me refiero al lo que nos costará este acto en lo económico, sentimental y psicológico.
Recuerdo aquella vez que hicimos nuestro primer viaje, disfrutamos tanto de nuestra compañía y aún así casi al final de la semana nos ganaban las ganas de volver cada quien a su casa. Esa fue la primera vez que tuve esa sensación: querer volver a casa. Recuerdo también que estaba tan feliz al llegar a la ciudad, que nuestra despedida duró a lo mucho un minuto y luego de eso me quedé encerrada en mi piso por dos días, habitando cada espacio de él a manera de compensación por el tiempo que estuve fuera…
Desde mi retorno que no siento eso, S.; a diario me cruzo con más de 400 rostros, sostengo diálogos con pocos menos, mentalmente me agoto, y aún así, al llegar la noche no tengo esa sensación de que exista ese lugar. Al principio creía que era cuestión de adaptación, ya sabes, ponerme al tanto de lo que pasó por acá durante mi ausencia, los amigos que quedaron, los lugares nuevos que abrieron. Pero parece ser más complicado, estoy consciente de que regresé a medias.
Qué difícil es el regreso. Ojalá consistiera solamente en comprar unos boletos de transporte y asegurarte de tomar ese avión, autobús o tren. Pero no es así. Es, en primera instancia, la razón por la cual te fuiste que en muchas ocasiones no coincide con el motivo del regreso. Es aceptar que, así como la vida continuó para ti, lo hizo para aquellos que se quedaron. Es o podría ser, un acto de conformismo.
Sé que te he escrito seguido, que tal vez ni siquiera has tenido tiempo para responderme, pero es que hay incógnitas que solo puedo platicar contigo o, en su defecto, compartirlas sin esperar una respuesta; por eso como despedida, aquí te dejo una más:
Si un día decidieras mudarte, digamos, a Barcelona y las cosas no resultaran del todo por allá, ¿tendrías un lugar al cual volver?
Con cariño y crisis existenciales,
C.
