Hay un intruso en mi casa, o en mi vida,
o la intrusa soy yo, o lo somos los dos…


20 de enero del 2023

7:24 PM en un café de esta ciudad

El atardecer ha llegado a su fin y la cafetería en la que me encuentro trabajando está a punto de cerrar. En las últimas dos semanas he ido de café en café hasta que ya no queda nadie más en los lugares, no porque me gustase mucho el café de aquí, sino porque busco refugios que me contengan para no tener que volver a casa o volver lo más tarde posible. No obstante, a pesar de ir de sitio en sitio, cada que el reloj marca las 8:00 no me queda más remedio que tomar mis cosas y encaminarme a aquel piso ubicado en la tercera planta del último edificio de la calle; abrir la puerta y entrar a la habitación del fondo donde por razones que no entiendo y probablemente no alcanzaré a entender, hay un “algo” que busca hacerme la vida miserable.

A finales de septiembre del año pasado me mudé a España para estudiar una maestría. Debido a que mis papeles para poder estar en este país se demoraron más de lo esperado, tuve que empezar con mi proceso de mudanza a distancia, es decir: buscar departamento en páginas de internet y redes sociales. Después de analizar varios espacios, me decidí por uno que estaba ofertado como “piso recién remodelado a solo unos minutos de la Plaza Mayor. Only girls”, y lo acompañaron de imágenes que mostraban un lugar lleno de luz y muy bien decorado, perfecto para hacer un hogar aunque fuera temporal. Así que sin pensarlo dos veces, contacté al propietario, hice los pagos necesarios y lo alquilé.

Llegué a la ciudad donde vivo el sábado 24 cerca de la media noche. Recuerdo estar muerta de cansancio debido a que mi viaje desde Cancún duró casi 18 horas debido a las escalas, pero nada de eso importaba porque al fin me encontraba en “casa”. Antes de llegar, me había informado mi casero que mis compañeras de piso serían dos taiwanesas que vinieron a aprender español y una alemana. Fue precisamente una de las taiwanesas la que me recibió. Cuando recuerdo ese momento viene inmediatamente a mi memoria el pensamiento que tuve en aquél entonces sobre lo agradecida que estaba porque mis compañeras parecían ser muy amables y lo bien que pintaba todo para que mi estancia ahí fuera maravillosa.

Lo primero que noté al ver el departamento fue la distribución del espacio que a mí me parecía extraña: la entrada se encontraba a mitad de un pasillo largo que tenía en un extremo el salón (sala y comedor) y en el otro uno de los dos baños. Entre ese espacio, se localizaban las habitaciones, la cocina y el otro baño, todo sobre el lado izquierdo puesto que del derecho solo había pared. Es decir que al abrir la puerta principal tu te encontrabas con pared. Mi habitación era la última a la derecha, justo al lado del baño ubicado en uno de los extremos.

Con respecto a mi habitación el espacio era bonito, sí, pero ahí la vibra se sentía extraña. Estaba adornada por dos cuadros en detalles negros que me hacían sentir acompañada, pero no de una manera agradable. Además, no había ventanas, sino una puerta de cristal que llevaba a un balcón que compartía con E., mi compañera de la habitación del lado.

Me gustaría decir que las primeras noches fueron “normales”. Pero debido al proceso de adaptación al nuevo lugar, sumado al poco sueño debido al jetlag, podía notar una pizca de tristeza desde los primeros días, y partir de ahí las cosas fueron empeorando.

El segundo fin de semana que pasé en ese lugar fue cuando comenzaron a suceder las cosas “raras” de manera más evidente. Como buena mexicana usé la mañana de mi sábado para limpiar la casa “como debe de ser”: quitar el polvo de cada decoración que había, lavé mi baño, ordené la cocina y moví muebles para barrer y trapear. Cuando llegué a la entrada del piso recuerdo claramente tres elementos que adornaban ese pequeño espacio: un florero grande en el que no había ninguna planta, una silla azul de gamuza y un porta paraguas. Para ese entonces, dado que ya me sentía cansada, hice lo siguiente para limpiar: moví las tres cosas, me senté en la silla y mientras estaba sentada trapeé ese espacio para luego regresar todo a su lugar.

Casi a mediados de la semana siguiente me di cuenta de que la silla ya no estaba ahí, pero ignoré el hecho pensando que alguna de mis compañeras la había metido a su habitación puesto que era muy útil y, sobre todo, bonita. Así que le di vuelta a la página y seguí con mi vida sin hablar con nadie sobre ello.

Conforme fueron pasando los días empezaba a sentirme un poco rara, entre triste y temerosa. El miedo a la oscuridad que desarrollé hace casi 8 años y había (aparentemente) superado unos meses después, volvió. Comenzó necesitando una lampara de noche para sentirme más segura que fue escalando hasta necesitar encender mi lampara de lectura, la del escritorio y la luz de techo, todo al mismo tiempo. Aún en esos momentos sentía que había algo conmigo que me acompañaba siempre, pero más intensamente por las noches. 

Meses antes de la mudanza comencé con terapia de psicoanálisis en línea. Si bien, la razón por la que la inicié fue sentirme un poco perdida en este mundo acelerado, podía reconocer que en los meses posteriores (antes de mi llegada a España) mejoré muchísimo y a pesar de sentir emociones como frustración o estrés, era muy raro que la tristeza se encontrara en la lista. Pero en esas últimas semanas la desesperanza, ansiedad y desolación se convirtieron en el menú del día ocasionando insomnios de sobrepasar en las cosas que hacía mal y llorar hasta no poder más: por las mañanas éste se convertía en un “no me quiero despertar” que me impedía abrir los ojos y me hacía llegar tarde a todos los lugares; y cansancio, realmente me sentía drenada. Sin embargo, había un momento en el que todo se sentía diferente: las mañanas de mis días de terapia. Dada la situación siempre iba haciendo anotaciones sobre mis sentimientos para platicarlo con la psicóloga pues muchas de esas ocasiones, más que una opción, el hablar de ello se sentía como necesario y urgente. A pesar de ello, al despertar esas mañanas había un pensamiento que no reconocía como mío: 

“Cancela la cita de hoy, no la necesitas, te sientes muy bien”

decía mi mente. Nunca lo hice.

En algún momento de mis primeros meses aquí invité a una persona que creí que era mi amigo a mi piso. Él me había comentado que en años anteriores había aprendido a leer el tarot con las cartas de la baraja española y como estábamos aburridos se me ocurrió decirle “léeme las cartas”. Realmente no tenía nada que quisiera preguntar, entonces él empezó a decir cosas al azar para luego preguntar “¿hay alguna presencia en este piso?”. En cuanto escuché la pregunta un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero no dije nada y entonces él hizo la tirada. Según su lectura, hasta ese momento no había nada en aquel sitio, pero en un futuro lo habría. Nada malo, nada de qué preocuparse, pero a final de cuentas una presencia. 

Por salud mental decidí ignorar ese suceso, pero a los dos días pasó lo siguiente: antes de irme a la cama me aseguré de que la cortina de la puerta estuviera bien cerrada puesto que no me sentía cómoda cuando alcanzaba a ver el cristal de la puerta, aunque fuera un poco. Era tarde, tal vez cerca de la 1:00 o 2:00 AM. A las pocas horas, por ahí de las las 5:00 AM desperté y lo primero que pude ver fue aquella cortina abierta completamente (hasta ese momento yo nunca la había abierto así de tanto), como si alguien se hubiera asegurado de correrla al máximo. Se me quitó el sueño en menos de un segundo y lo primero que se me ocurrió hacer fue escribirles a mis hermanas al grupo que tenemos de WhatsApp, una de ellas inició una videollamada y más o menos cinco minutos después de platicar me armé de valor y me levanté a cerrarla. Estuve despierta cerca de dos horas a pesar de que tenía mucho sueño porque me daba miedo dormir, al final caí rendida y desperté cerca de las 11:00 AM, nuevamente ya se había hecho tarde.

Ese mismo día le escribí al amigo que ya mencioné para contarle lo sucedido seguido de la advertencia: jamás vuelvas a hacer eso de la lectura en mi casa. Sin embargo, unos días después volvió a visitarme, pero esa vez estábamos en mi habitación. A pesar de que ya era tarde, yo me encontraba trabajando en mi computadora por lo que él, efecto de su aburrimiento, decidió leer una vez más las cartas. El proceso fue similar: preguntas al azar que yo ignoré porque estaba concentrada en lo mío, hasta que salió de su boca la pregunta “¿hay alguna presencia en esta habitación?”. Fue ahí cuando todas mis alertas se encendieron y le advertí que no hiciera la tirada, pero la hizo; después le dije que no la leyera y lo hizo; y más adelante le amenacé con que no quería saber qué decían las cartas, pero me ignoró una vez más y me dijo lo siguiente: “las cartas dicen que sí, aquí hay una presencia, es un alma vieja, no es mala ni buena, pero está aquí”. Evidentemente en ese momento estaba muerta de miedo así que traté de buscar una explicación lógica. Por esos días estaba próximo a cumplirse el primer año luctuoso de mi abuelito y por ello le dije “ah, claro, seguro es mi abuelito, era una persona grande y estos días ha estado más presente en mi mente porque lo extraño mucho”. En ese momento volteó a verme escéptico y dijo “la pregunta fue muy clara y la respuesta fue clara: aquí hay algo, un alma, un fantasma, no sé, pero no es tu abuelo porque vive en tu corazón”. 

En algún momento le conté a mis hermanas que dormir se me estaba dificultando mucho, de hecho, si no escuchaba música con audífonos me era casi imposible concebir el sueño. Una de ellas me sugirió escuchar sonidos solfeggio para relajarme y lo hice por tres noches seguidas… no debí hacerlo. 

Ponía los audios en Spotify y antes de dormir activaba el apagado automático a los 15 minutos. La primera noche soñé con que una vieja amiga estaba enferma; al despertar sentí la necesidad de escribirle para preguntar cómo se encontraba, su respuesta fue que, de hecho, tenía días así. La segunda noche hice lo mismo antes de dormir y desperté casi media hora después y el audio se seguía reproduciendo. Ese día soñé con mi ex novio, los recuerdos eran muy dispersos, pero de alguna manera sentí la necesidad de contactarlo. Honestamente no quería hacerlo, no quería que aquél acto se malinterpretara, sin embargo al final seguí a mi instinto. Cuando él vio mi mensaje su respuesta fue “júralo” y luego me contó que una noche antes había tenido un accidente de auto y lo primero que pensó fue “necesito contactar a [mi nombre]” e incluso me llamó al que solía ser mi número telefónico en México. 

Hasta ese punto todo era una serie de coincidencias para mí, pero la tercera noche que escuché el mismo audio tuve un sueño astral. Recuerdo haber entrado a mi habitación, o al menos una yo se encontraba en la entrada de mi cuarto mientras la otra estaba dormida en la cama. Eso sí, la puerta siempre estuvo abierta. Cabe aclarar que nunca me vi a la cara, pero yo sabía que estaba dormida ahí mientras también estaba parada al lado de la cama. Y desperté.

Al contarle a mis hermanas esto, concluimos en que la mejor solución era que dejara de escucharlo y lo hice. De nuevo me encontraba en la misma situación.

Con respecto a la casa todo era muy extraño, cuando caminaba hacía la cocina o el salón sentía como si algo me observara desde el baño o mi habitación. En diciembre, recuerdo muy bien, todas mis compañeras salieron de viaje por lo que tuve la casa para mí sola por una semana. La incomodidad en esos días fue tanta que algo en mí evitaba ir a mi habitación más que por algo de ropa para bañarme y por algunos objetos que fueran inevitablemente requeridos; dormía en el sillón del salón. Aquellos días estaba pasando por situaciones muy estresantes en mi trabajo, así que en algún momento decidí hacer un poco de yoga para relajarme pero cada que llegaba a un punto en el que la instructora pedía cerrar los ojos para traer toda mi atención al presente, aparecía esa sensación de que alguien o algo se me vigilaba desde la entrada del salón y un miedo me inundaba. En ese punto yo ya pensaba que me había vuelto loca.

Esos meses fueron devastadores para mi salud mental, a pesar de que estaba cumpliendo mi sueño me sentía poca cosa, me sentía un fraude y, sobre todo, sentía que era mi culpa por no esforzarme más. Esa fue la principal razón para que mi propósito de año nuevo fuera luchar por salir adelante, por plantearme metas y cumplirlas, hacer lo que tuviera que hacer para no estancarme. Hasta pareció un chiste cuando el primer lunes en que me encontraba trabajando en mi habitación totalmente motivada, sentí el impulso de voltear hacia el balcón y entonces me di cuenta de que en la puerta, por fuera, había una huella marcada en la parte de abajo.

La puerta de ese balcón sólo se habría por dentro de manera que, si estabas afuera, no podías cerrarla. De hecho, ni siquiera tenía perilla por fuera. Además, hasta ese momento yo había salido ahí algunas tres veces cuando mucho. Mi mente tratando de conservarse calmada se acercó y por impulso medí mi mano con la de aquella huella… la huella era más pequeña. Giré la manija para abrirla y ver más de cerca y entonces me di cuenta de que no era una, sino dos. La segunda estaba más arriba, pero no era como la otra, no, ésta tenía unos dedos muuuy largos y la palma era pequeña. Ahí sí entré en pánico, no sabía qué hacer así que borré las huellas con mucho miedo, le conté de nuevo a mis hermanas por whatsapp y una de ellas me pidió conseguir palo santo.

Nada de aquello tenía sentido, pero yo quería encontrarle uno así que le hablé a la compañera con la que compartía balcón y ella me confirmó que nunca lo había usado. Mis otras compañeras escucharon el ruido y preguntaron qué pasaba, así que aproveché para preguntarles por la silla que vi en mis primeras semanas de estadía y las tres me aseguraron que nunca hubo ninguna ahí y que jamás la habían visto. A partir de ahí, todo pasó muy rápido: la compañera de al lado me dijo que tenía un amigo que podía sentir vibras, que si quería que lo invitaría a casa a ver mi habitación y accedí.

Mientras tanto salí a buscar el palo santo y aunque no encontré uno como tal, sí conseguí incienso que compré porque tal vez me podría ayudar. En el camino le marqué a un amigo que sabía que me entendería para contarle todo y pedirle instrucciones de cómo limpiar mi habitación con ello. Él me ayudó en el proceso por videollamada, me dijo que debía pedir de todo corazón que lo que sea que estuviera ahí pudiera descansar. Terminé de ahumar y colgamos. 

Una hora más tarde llegó mi roomie con su amigo. Entró a mi habitación y dijo que no sentía mucho, que se sentía en calma, pero cuando tocó la puerta retiró su mano de inmediato, así como cuando tocas algo que está muy caliente. En el segundo intento la dejó por más tiempo y entonces dijo que se sentía incómodo. Después de eso fuimos a la habitación de mi compañera para ver si en su puerta había alguna marca. Recuerdo que al entrar, su amigo sonrió y yo supe porqué era, aquella habitación se sentía tan tranquila, entrar ahí fue como si me quitaran un peso de encima. Él dijo lo mismo.

Al final de la noche su amigo se fue y yo, cansada de todo lo sucedido, me fui a dormir.

Un par de días más tarde, un sábado, unos compañeros de clase fueron a casa a hacer un trabajo y cuando preguntaron cómo estaba les conté todo lo que me había estado pasando y me pidieron conocer mi habitación. Uno de ellos es un creyente de las vibras, incluso dice que siente presencias; el otro es completamente religioso y tiene mucho conocimiento al respecto. Cuando el primero de ellos entró me dijo que sin duda había algo ahí, que sentía algo raro, no era bueno ni malo pero a final de cuentas había algo. Cuando tocó la puerta sólo dijo “espeluznante”; el segundo me aconsejo no indagar más en el tema.

El lunes siguiente recuerdo haber dormido muy bien, para ese entonces había cambiado el orden de mi habitación, ahora mi cama se encontraba al lado de la puerta y no frente a ella. Al día siguiente igual me sentía muy tranquila e igual logré dormir cerca de las 11:00, pero desperté por ahí de las 2:00 AM… una vez más, la cortina estaba medio abierta. En ese punto mi cansancio mental era tanto que me sentí con la necesidad de acercarme a la iglesia. Dato curioso de España (en comparación con México) las iglesias no están abiertas en todo momento, así que no logré acercarme a ninguna de ellas.

Estaba cansada, muy cansada, pero trataba de mantenerme optimista mientras me sentía cada vez más triste y vacía. Uno de esos lunes mi plan telefónico se había terminado y por lo tanto no tenía datos móviles cuando salí en dirección al gimnasio. Llevaba mis audífonos puestos y traté de subir el volumen de la música, pero no funcionaba. Luego de varios intentos, saqué mi teléfono de la bolsa de mi chaqueta y me di cuenta de que estaba subiendo el volumen de mi Alexa como si estuviera reproduciendo el sonido de aquél lado, pero supuse que era un error así que lo ignoré.

En esos días yo buscaba salir mucho: a cenar, a algún café, a casa de amigas… lo que fuera con tal de estar lo menos posible en casa. Un día de esa misma semana me encontré con una de mis compañeras de piso y recordé eso del volumen de la música y le pregunté si había escuchado algo y me dijo que sí, que tenía días escuchando música en mi habitación por la mañana muy temprano y en las tardes-noches. Mi sorpresa llegó cuando le pregunté las horas aproximadas y todas ellas coincidían con los tiempos en los que me encontraba fuera. Pero la cosa no terminó ahí: en una de esas tardes en algún momento escuchó una voz “igual” a la mía hablarle desde mi habitación. En respuesta, ella fue a tocar mi puerta, pero nadie respondió. Otra noche escuchó esa misma voz cantando alegremente, y entre la letra de una canción hubo un toc-toc en la pared que conecta ambas habitaciones seguido de la pregunta “E. Do you want to dance with me?”.

28 de enero del 2023

[Continuación]

En este punto yo no sabía qué hacer. No tenía respuesta de la iglesia y no podía recurrir a alguna bruja para que me hiciera una limpia como se hace en México. Así que decidí contactar a una tarotista en línea para encontrar respuestas de alguna manera. Las respuestas fueron firmes: en aquel piso, precisamente en esa habitación, había un alma atrapada. Las cartas me advirtieron que no debía tenerle miedo, pero sí cuidado; no hablar con eso porque tenía poder. Su objetivo, al parecer, era quitarle la energía al ser humano que estuviera cerca para alimentarse. Con respecto a por qué a mí, por qué yo, “me tocaba vivirlo”. Asimismo, me dieron instrucciones para poder ayudar a esa alma en pena a descansar: unas velas negras, sal y otras cosas más. Mientras me debatía entre si intentarlo o no, una noche mientras caminaba hacia la cocina para prepararme la cena, vi a dos de mis compañeras de piso platicando justo en la entrada. Al verlas, una voz en mi cabeza empezó a decir repetidamente “tienes que mudarte de casa” e iba acompañada con mi corazón latiendo cada vez más rápido. Nunca supe qué fue, pero una semana después ya me encontraba viviendo en otro piso. La mudanza la terminé ayer, por fin he vuelto a descansar.

24 de abril del 2023

6:yalgo AM

Esta noche decidí dormir en el sillón porque me desvelé haciendo tarea. Acabo de despertar, la persiana del salón está abierta y yo recuerdo haberla cerrado anoche antes de dormir.

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