Estoy triste, muy triste: sobre las consecuencias de toparte con un narcisista
«Definamos las cosas:
estoy triste, muy triste”…
Dice el inicio de uno de los poemas del poeta José Javier Villarreal. Poema con el que me topé algún día durante la cuarentena mientras vagaba en redes sociales: alguien había subido un video de la lectura en voz alta.
Poema que también vuelve a mi cabeza cada tanto desde hace días porque estoy triste, muy triste // y mi tristeza se me sube al cuello de la camisa // y hace que ésta me quede grande, // tan grande que desaparezco en su interior.

Desde hace casi un mes me quedé sin empleo (no digo “perdí” porque acuñarle ese verbo indicaría que me quedé sin algo valioso o algo que me sumaba) y desde entonces mi cabeza me ha colocado en lugares en los que temía profundamente estar.
Pienso en esto y aquello, en cómo y cuándo pasaron las cosas, así como en lo que he vivido desde entonces y aún así no digo que “perdí” porque ese lugar del que me sacaron fue el mismo que por más de dos años me tuvo con los nervios en punta a diario:
Con miedo a que el jefe me escribiera porque nunca sabías en qué modo iba a estar;
En alerta a las reuniones de equipo porque no sabías cuando alguien iba a decir algo en tu contra para hacerte quedar mal y a ellos bien;
Trabajando horas extras no remuneradas o, peor aún, sin que siquiera fuera reconocido tu esfuerzo;
Cuidándote de RH, quien casualmente era la hermana del jefe, porque decía ser tu amiga para luego usar lo que le contaras en tu contra;
Teniendo que buscar yo a los colaboradores para cumplir con los proyectos y luego lidiar con el jefe porque no quería cumplir con los acuerdos con ellos ni pagar el monto que en un inicio había sido acordado;
Llorando seguido porque “él siempre tiene la razón” y yo estaba equivocada, y se encargaba de hacérmelo saber;
Tragándome el coraje cuando condescendientemente me llamaba “amorcito” para dejar en claro que su punto de vista era el único válido;
Escuchando una y otra vez cómo iba a dejar ir a X miembro del equipo para mostrarle a los demás que podía dejar ir a cualquiera;
Escuchando los malos comentarios que siempre tenían de los clientes y luego cómo me pedían que les respondiera los correos de manera amable porque “hay que tener un buen servicio al cliente”;
Cuidando no estar tiempo de más preparando un café o en el baño porque cada semana vigilaban que estuvieras las 40 horas frente a la computadora y si faltaba tiempo, aguantar las videollamadas con RH explicándome cómo el jefe era el malo y ella solo quería ayudarme;
Fingir estar calmada cuando el jefe venía pidiéndome que le diera información de la vida privada de otros empleados porque su mano derecha sí se la daba, o, peor aún, investigar qué hacían las personas a las que ya había despedido;
Soportar que a otras personas les dijera que los mexicanos somos pobres y aún así estar mal pagada porque “con 1k dólares al mes te das una vida de lujos en México”;
Tener qué investigar cómo hacer el trabajo de otros roles porque él no preguntaba si podía, solo exigía, y aún así ser culpada cuando algo -fuera, muy fuera de mis responsabilidades- salía mal;
Quedarme callada cuando por culpa de admin algo salía mal en los cobros y el jefe amenazaba con descontarlo de nuestros sueldos porque “cuando es su dinero ahí sí les duele» y «parece que eso es lo que tengo qué hacer”;
No decir nada cuando en las reuniones semanales para reportar avance él solo decía “right, right” y cortaba la explicación de lo que estaba haciendo y porqué;
Vivir con miedo de decir o hacer algo mal porque a él “solo le costaba una llamada a uno de sus amigos políticos en México para arruinar la vida profesional de quien él quisiera” *palabras suyas*;
Preferir el silencio porque si decía algo entonces era un ataque directo al jefe y él “no quería ponerse pesado contigo, cuidado con obligarlo a eso»
Entre tantas cosas más…
Pensar en esto y aquello me lleva nuevamente a estar segura de que definitivamente no perdí nada, al contrario, gané tanto cuando él me despidió (injustificadamente)… no obstante, tan narcisista como siempre, en esa última llamada trató de convencerme de que yo estaba mal, que mi trabajo era malo y mis habilidades no valían, que a veces su voz entra en mi cabeza y le creo.
Y entonces vuelve el poema de José Javier Villarreal y me pongo triste, muy triste…
